Monday, February 25, 2008


Boy with umbrella - Enrique Grau

Vivir desgracias ajenas

Lo siento como un pantano sugerente, es sabido que verterse en su pastosa superficie no reconforta, pero extrañamente me dejo hundir hasta el cuello. Todo va más lento, es frío, cualquier movimiento brusco acabaría ahogándome, aún así me dejo llevar quieto, cautivado por su espesura. Y mientras más percibo de qué está compuesto, mi contemplar se agudiza, porque allí hay especies raras, vivas, feas, inanimadas y concretamente sufridas. Entonces me traslado y vivo su agonía, muevo lentamente los dedos, palpo las impurezas de ese caldo tiernamente sucio. Y viene la compasión, he de decirlo, me causa un placer único. En tal zambullida mis ojos lloran poco, hacen su mejor esfuerzo para conmoverse y tratar de palpitar lo que no es propio de mi; así se abandonan las dolencias reales, mimetizándose con las ajenas. Es un bucle eterno, imparable y sin vuelta atrás, en fin, un tobogán engañoso, te mantiene en el mismo punto soñando que te deslizas. Hasta que mis labios forman parte del abajo en aquella ciénaga, cierro los ojos y atraigo la primera rama que me devuelva a la superficie, evitando sentir la tristeza real, la propia, una mía.

Thursday, February 07, 2008


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Oda al mentiroso

¡Qué injustos son con quienes padecen un miedo vil!. Les llaman cobardes, gallinas, falsos. El diccionario los califica de pusilánimes, sin valor de espíritu. Ellos no saben tratar a quienes sienten horror al llamar las cosas por su nombre. ¿Acaso no entienden que confesar sentimientos en algunos es un pánico trémulo para cada rincón del cuerpo? Ellos poco logran abrir el corazón, sufren estocadas diurnas y constantes hasta en los sueños. Les revuelve un fuerte huracán sin salida. Este pavor está lleno de laberintos, los sentimientos se convierten en pequeños niños autistas; por cada amor un silencio. Tienen necesidad de gritar, de contar, de hablar, pero les sofoca la incertidumbre, el después, el qué pasará. Hay escasos pretextos para estos pobres enfermos, uno, el gran teatro del imaginario perfecto, la máscara sonriente fuera y la boca quebrada hacia adentro. Otra, la dura solución de imitar al escapista, y viene la culpa, ese llavero que se lleva a la tumba. Los pacientes en tratamiento, dicen, están curados cuando hablan con la verdad, pero se arriesgan a un alud incesante que los puede matar o sembrarlos como árboles plenos de felicidad.
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