Friday, September 04, 2009

A LA MESA CON CARIÑO

Una mesa donde se dijo mucho, la de los Castorini. MOONSTRUCK (1987).

El poder de una mesa de comedor, o cualquier mesa que sirva para comer o tomar, no debe pasar por debajo de ella misma. Sobre ese mueble no sólo reposan las cosas que ya sabemos, ella es un escenario incesante. Las conversaciones que surgen en las mesas familiares siempre han sido protagonistas de las grandes noticias del núcleo, la mayoría de las veces para las buenas nuevas.


Recuerdo a mi madre y su vecina de los fines de semana, María León. Pasaban seis horas conversando sentadas en la mesa de nuestro comedor en Los Corales. La base estaba hecha de bambú, la superficie era redonda y de vidrio; para vestirla, siempre pero siempre, el mantel del cotidiano, uno de plástico estampado con tela o algodón al reverso. Sólo tomaban café, se podían montar tres cafeteras y de vez en cuando alguna coca-cola. Yo les escuchaba tras la puerta del cuarto de mi madre, cuando ambas suponían que yo veía la televisión. Algunos huecos del mantel sufridos a causa de los cigarrillos eran tapados por los individuales o simplemente se asumían como una cicatríz.


Cuando se habla poco en la mesa es porque hay mucha hambre o no hay amor. Cuando hay invitados ajenos a la mesa de ese hogar, hay bondad y cortejo. Cuando todo se hace allí, las tareas, la manicura, las confesiones y reflexiones, es porque ella tiene un poder muy especial. Cuando permanece vacía, adornada o carente de nobleza, sin alguien quien se siente en ella, no se entienden las personas, los valores salieron a volar o ya nadie vive allí.   

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