Wednesday, November 25, 2009

ADVERTIR LA MUERTE


A alguien en el CLARÍN se le coló su caja negra sobre Sandro.

Entró a la discotienda y el dueño le recomendó lo más reciente de Michel Petrucciani. Ella contestó sorprendida con una pregunta -¿pero ese hombre no se murió?-. No, Michel no se había muerto y ninguna enfermedad (al menos públicamente) lo aquejaba, era uno de los primeros días de enero de 1999. A la semana siguiente, el pianista francés murió.
Lo maté, dijo ella.

En el oficio de informar no hay noticia que más obsesione a un curioso que dar el parte de una muerte. En algún punto, la mayoría de las abuelas abren sus portales con un saludo seguido de la frase "¿sabes quién se murió?".

La primera noticia de esta naturaleza me llegó de la manera clásica. El teléfono de la casa sonó de madrugada. Mi mamá atendió, todos despertamos por el rumor de la conversación y después de que colgó pregunté, ¿qué pasó?.  Ella -Nada- silencio, entró en el baño, y yo volví a preguntar tras la puerta iluminada, y me dijo -tu tío murió-. Volví a la cama, tenía sueño y debía levantarme pronto, al día siguiente tenía clases.

A partir de entonces y por mucho tiempo comprendí que esperar o pensar en la muerte de alguien es un estado mental válido, que se ocupa de acumular recuerdos evocando la ausencia de ese ser, es decir la invocación y suerte de escalera hacia la melancolía.

Seamos honestos. Cuántas veces hacemos el ejercicio de como sería la vida sin alguien.

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