Friday, November 27, 2009

SALIR PREMIADO (EL MAL PENSANTE)

 
Publicaron dos portadas, a mi me tocó la versión
con la obra de Julia Valeeva.


Tenía tiempo detrás de la versión impresa de El Malpensante
Había escuchado mucho desde hace mucho.
Y conseguí en la nueva librería que abrieron en los galpones de Los Chorros, Kalathos, una edición de carne y hueso, en vivo y directo. Es la de agosto de 2009 y su número 100.
A manera de editorial, presentan esta crítica sobre los premios literarios y en especial a la diversidad de sabores que ahora ofrece la editorial Planeta en ese sentido.
Sírvanse:

¿EN QUÉ PLANETA VIVIMOS?
Este escritor ha publicado dos o tres novelas en una editorial de renombre y un libro de cuentos en un sello de provincia. Firma una columna de opinión en un diario nacional y a ratos lo invitan a dar una charla, escribir un prólogo o a moderar una mesa donde unos señores hablan sobre algún tema y al final se les ofrece vino y canapés a los asistentes. En este momento escribe en su portátil. Una columna, una conferencia, le da vueltas al personaje de la novela que prepara desde hace cuatro meses. Suena el teléfono y después de cinco timbrazos, incómodo porque le cortaron el hilo de su concentración, toma el aparato.
–¿Aló?
–¿Zutano?
–Sí.
–¿Está sentado?
–Sí, ¿qué pasó?
–Hombre, que se acaba de ganar el premio Planeta.
–¿Cuál de todos?

La anterior es una caricatura, sí, pero está inspirada en la cantidad de nombres que venimos escuchando de unos años para acá como portadores de un galardón con el apellido Planeta. Para poner el foco apenas en los más recientes, el año pasado leímos que Fernando Quiroz fue finalista de un premio Planeta, y unos meses después que el español Fernando Savater se ganó otro premio Planeta. En mayo pasado apareció el nombre de Ángela Becerra al lado del titular “ganadora del premio Planeta”, y luego supimos que la española Susana Fortes, con su novela Esperando a Robert Capa, se había ganado el premio Fernando Lara, que entrega el Grupo Planeta.

Es que desde sus comienzos la editorial española lo ha tenido muy claro respecto a los premios. Su fundador, José Manuel Lara Hernández, dijo en 1966: “Sin premio, un autor español no vende, por lo común, más de dos o tres mil ejemplares. Con los premios se llega a decenas de miles, así que no puede dudarse ante la alternativa”. Su hijo fue aún más categórico en una entrevista concedida a Sergio Vila-Sanjuán en 2002, para el libro Pasando página: “Nosotros somos fanáticos de los premios porque creemos que ayudan enormemente a la imagen y la difusión de la marca Planeta y porque representan la mejor manera de promocionar un libro. La inversión publicitaria se multiplica por cien cuando hay un premio de por medio. Y además, nos permiten crear noticias permanentemente”. Un premio genera noticias, no hay duda alguna. Y las noticias generan ventas. Lo que también queda claro, al menos para nosotros, es que estos premios, más que reconocer la calidad de una obra literaria, le dan visibilidad a ésta, a su autor y a la editorial, con lo cual más público –sobre todo el no especializado– adquiere el libro y, quizá, lo lea.

Por eso en esta revista siempre hemos puesto en entredicho los premios, no solo los que otorga el Grupo Planeta, ni más faltaba, sino prácticamente todos los que se entregan en el ámbito iberoamericano. La norma de la industria es que la decisión de los jurados se tome sobre manuscritos y no a partir de libros en circulación. Esta costumbre abre un ancho espacio para que se presenten fallos dudosos y componendas donde lo último que importa es la excelencia de la obra. Ya hemos expuesto en estas páginas ideas similares, por lo que queremos en esta ocasión llamar la atención sobre el último agasajo de la Casa Lara, que nos viene pareciendo ya el colmo del capricho y la manguala. Se trata del premio Planeta Bicentenario, que busca honrar “al autor de un libro que trate este tema histórico”, según el comunicado de prensa. Recibimos esa circular, que anunciaba la creación del premio, el 24 de julio, y el 31 de ese mismo mes recibimos otra donde se nos informaba que había sido concedido, voilá, a Mauricio Vargas por su novela El mariscal que vivió de prisa, dedicada a la vida de José Antonio Sucre.

No vamos a discutir por ahora las bondades de esta novela –si las tiene– ni sus agujeros estéticos o históricos –si los tiene– por la pedestre razón de que no la hemos leído. En el reciente Festival Malpensante quedó en claro, al menos, que la investigación de Vargas fue exhaustiva. Ya veremos. Pero el premio y sus métodos sí nos generan varias suspicacias: ¿quiénes fueron los jurados? ¿Dónde salieron las bases de la convocatoria? ¿Hubo convocatoria? Además de tratar el tema del Bicentenario, ¿qué otras características debe tener esa obra para apuntarle al premio? ¿Cómo fue el proceso de deliberación, si a los ocho días –ocho días– de comunicar la creación del premio se anunció al ganador? ¿Qué otras novelas se consideraron? Y ya que estamos en plan chismoso, ¿cuánta fue la pasta?

Está bien que cada editorial diseñe como le venga en gana las estrategias para promocionar sus libros. Pero conceder premios a diestra y siniestra (léase a dedo, de una mano y otra) confunde y es una manera fea de manipular a los lectores, quienes tienden a considerar que los premios literarios se otorgan a una obra por sus méritos. Lo más seguro es que ignoren que se trata nada más que de una estrategia para “posicionar la marca”. Y así, nos parece a nosotros, no se vale.

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