Saturday, April 17, 2010

20 PREGUNTAS, 1 PUNTO CADA UNA


Siempre supe que algo estaba mal en mi sistema educativo de bachillerato con respecto a la historia de Venezuela. Nuestro profesor era Rafael Gallardo, un obeso de verdad, al ojo por ciento se diría que su humanidad no bajaba de los 150 kilos, me llamaba la atención su condición de lampiño, se le hacía cuesta arriba cargar con el portafolio que casi siempre llevaba vacío. Nunca entró al salón con un texto escolar, se lo pedía prestado a algún alumno, mandaba a abrirlo en la página "...esa que habla de la batalla de... sí esa esa misma lean, tú Reverón comienza a leer".

El resto era un salón que se dormía en sus pupitres, intercambiaba barajitas, se pasaba mensajes (obviamente ajenos a la materia). Las compañeras se revisaban las horquillas de su cabellera o se tocaban los cañones de sus piernas, jamás los descritos en las guerras de independencia.

Pero el único momento de total atención era "...a ver de acuerdo a lo leído tomen nota de las siguientes preguntas..." el pizarrón también descansaba, no tengo recuerdo vivo de Gallardo y la tiza, y si lo hacía lo único que rescata mi memoria era una letra muy precaria e ilegible.

Gallardo, el profesor de las pieles colgantes, dictaba cuarenta preguntas cuyas respuestas estaban en el texto que acabábamos de leer "¿En qué fecha... en qué fecha... en qué fecha..." repetía no más de tres veces el dictado. Muchos de nosotros inmersos en un nivel de modorra estupefaciente, decidíamos perdernos porque Vanessa, la hija de una profesora por cierto, estaba amaestrada para no sucumbir a los niveles de letargo del resto y luego nos prestaba sus apuntes.

Las preguntas del profesor Gallardo no tenían mayor complicación, las respuestas debían ser tomadas del libro y ninguna pasaba de dos líneas, entre otras cosas, porque la siguiente línea pertenecía a la respuesta de la próxima pregunta.

En mi casa dejábamos historia para estudiarla a último momento. Yo me sentía un aprendiz de actor, con mi guía de cuarenta preguntas, memorizando las respuestas, respondiéndome al espejo, haciendo juegos mentales para asociar cosas a las respuestas correctas, o sea, el famoso caletre. Mi madre me sentaba en la cama y al caer de la tarde, antes de irse a dar el toque final de la cena, me iba preguntando y pulíamos los detalles para la audición del día siguiente: el examen. 

"Eso se llama apuntismo o manualismo" me lo dijo hace poco el historiador Germán Carrera Damas, y lo que recuerdo de aquella conversación con el profesor Carrera Damas, es que esa manera de aprender la historia estaba diseñada para programarnos a contestar "El padre de la patria se llama Simón Bolívar y nació el 24 de julio de 1783...".

Y aquí estoy veinte años después manejando esta aversión a ese proceso educativo, que catalizo y simplifico odiando particularmente al profesor Gallardo quien al despedirse de cada clase lo hacía diciendo "Patria o muerte, venceremos".

3 comments:

Guillermo said...

¿Será que por aquella época, todos eran iguales?
¿hubo acaso una junta revolucionaria, dedicada a elaborar el perfil del profesor de Historia de Venezuela?
Son demasiadas coincidencias, con mi experiencia, como para que no se transformen en preguntas...


Saludos!

Jonathan Reverón said...

Sí, como cuento, me dijo el profesor Carrera Damas, fue una manera que adoptaron válida por el ministerio "el apuntismo o manualismo".

Maracaibo Tours said...

Eso se ve hasta en las universidades, claro, no tan depravado, pero yo puedo atreverme a decir que eso es falta de etica por parte de un profesor y falta de control por parte de la direccion de catedras, es como escribir un libro deficiente y reproducirlo todos los años y la editorial no haga nada para corregir el error.

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