Monday, June 20, 2011

DOS CIGARRILLOS Y UNA ACERA

Fotografía: José Pisano.
Acabo de abandonar una cálida primavera en Madrid. Es mi segunda visita este año, la primera se produjo con el 1º de enero. Aquella fecha la capital ibérica se alineaba a los países libres de humo. Como en todas partes hubo de todo, señores que luego de estar casi toda su vida colgados de un cigarrillo en su bar de confianza vieron la rutina placentera de su vida interrumpida, dieron puñetazos a los bartenders, y cosas por el estilo ejercieron la protesta activa en contra de la medida.

A mi vuelta, noto resignación, entendimiento, civismo, o simplemente el cumplimiento de la ley.

Cinco meses más tarde me pasó algo precioso que quiero sumar a la lista de cosas positivas de la ley antitabaco, junto con la salud y regresar con nuestras ropas menos impregnadas de humo. Y dice: Éramos cinco en la mesa, tres no fumadores y dos que sí. Los dos que sí se quieren mucho, o al menos uno de los dos asume que su amor está consolidado. Pero en la mesa del interior del bar, es imposible hablar de las cosas del querer a pecho desnudo. El fumador animosamente sacó su caja de Winston rojo, y la fumadora, la de Marlboro que hacía juego con la de él. Se vieron a los ojos, se disculparon con los presentes en la mesa y procedieron a salir a la acera justo en frente del local.

El derecho de frente del bar, la luna llena y la primera oportunidad de estar solos chupando de la colilla, fue el escenario perfecto para decir: "Sabes, todavía tengo contadas con los dedos de ambas manos las veces que nos hemos visto, y quiero decirte que éste no soy del todo yo, porque todavía, de tan poco verte, la efervescencia que causa estar contigo está intacta, vamos, que todavía me pones de los nervios". Y eso no se lo hubiese dicho si todos fumaran en el bar.

P.D.: pongo el punto final desde el otoño paulista de Brasil.

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