Monday, August 13, 2012

LAS CICATRICES DE MI IZQUIERDA


Todas las cicatrices se me agolpan del lado izquierdo del cuerpo. De la primera que tengo memoria, la de la palma de mi mano, con la que no escribo, pero dentro de la que descansa la punta de un lápiz de carbón, fue por amor a la única niña que cortejé en mi escolaridad. La segunda marca me la gané como víctima de un juego cruel, estudiaba sexto grado. Caí por estúpido, inocente, o simplemente mi voluntad por entrar a un grupo popular de mi salón. Debía raspar con las uñas de mi diestra el dorso de la otra mano mientras un compañero enunciaba cualquier letra, yo decía el nombre de un país, el juego te dejaba la piel abrasada por el intenso y constante rasguño. Leyéndolo ahora entiendo que ganamos cicatrices por el afán de ser amados.

La tercera, está en el costado de mi tronco, la primera marca de la varicela es para siempre. Era carnaval y me quedé vestido con mi disfraz de pirata, puertas adentro. La cuarta fue en el clímax de la adolescencia, ya trabajaba en la radio, y corría con una noticia de última hora desde la sala de redacción al estudio, me resbalé y el nudillo de mi pulgar, de forma insólita, se raspó en cámara lenta contra una pared grumosa. 

La quinta y más reciente, otro accidente. El codo. Alcanzo una edad en que nos infligimos heridas deliberadamente, por estar cansados del azar. Entra aquí la necesidad de un primer tatuaje, siempre que lo cuestiono, coqueteo con la idea del toro, mi signo. Este toro de Picasso, que no es el de su Guernica, me mueve una de sus seductoras orejas, ellas quieren aletear en mi brazo, pues que sea entonces en el izquierdo.



Friday, August 03, 2012

LAS CABRAS INSOMNES


Cumplo cinco meses haciendo yoga. Lo escribo fumando el segundo cigarro del día y bebiendo el primer refresco de la semana. Con esto quiero decir que el atávico ejercicio ha procurado mi descenso en la práctica de ciertos vicios, una disciplina que indisciplina malos hábitos.

El profesor de la clase a la que asisto ha resultado ser el correcto para mis cánones, es decir, se trata de un hombre espiritual, más no un predicador de la India. Sus palabras previas a la clase son puntuales. Siempre intenta dejar una lección sin ponernos de rodillas ante budas. Claro que recitamos mantras en sánscrito, pero al mismo tiempo puede ocurrir que meditemos con Radiohead.

El martes pasado, antes de iniciar los saludos al sol, nos hablaba sobre el origen de algunos movimientos y como vamos conociendo la naturaleza que nos rodea a través de los sucesos menos previstos. Así pues contó el hallazgo del hombre frente al café:
Un pastor de Abisinia (actual Etiopía), llamado Kaldi, observó el efecto tonificante de unos pequeños frutos rojos de arbusto en las cabras que lo habían consumido en los montes, efecto comprobado por él mismo al renovarse sus energíasKaldi llevó unas muestras de hojas y de frutos a un monasterio, donde los monjes por curiosidad las pusieron a cocinar. Al probar la bebida la encontraron de tan mal sabor, que arrojaron a la hoguera lo que quedaba en el recipiente. Los granos a medida que se quemaban, despedían un agradable aroma. Fue así como a uno de los monjes se le ocurrió la idea de preparar la bebida a base de granos tostados.
Weinberg, Bennett Alan; Bonnie K. Bealer 

The world of caffeine: the science and culture of the world's most popular drug.

Consultado el 13 de agosto de 2010 por Wikipedia. 

Durante toda la clase asocié a las cabras con el consejo universal sobre el insomnio: contar ovejas, que al final del día es el mismo parentesco. Creció en mi la inquietud que ahora mismo (madrugada) me mantiene despierto: ¿De dónde proviene el remedio de imaginar ovejas saltando una cerca para conciliar el sueño? Entonces imaginé al pobre Kaldi en una fría noche africana, luchando contra el sueño, contando cuantas cabras excitadas saltaban la empalizada de nuestros tormentos.

Apago el cigarro y muerdo el hielo con los restos de la cafeína de esta Coca-Cola Light sin gas.
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